sábado, 21 de junio de 2014

Incineraciones

No sólo arrojamos al fuego
lo que nos seduce al olvido,
el lastre que nos sujeta
al cuerpo de una ballesta
que queremos dejar atrás,
como saetas
destellos
puntas eléctricas
que prescinden de la resistencia
que les hace deleznables;
esas cartas,
esos trajes,
esos muebles que no encajan
o las pruebas que nos puedan delatar.

Al fuego lanzamos nuestras almas,
que arden con facilidad,
cuando amamos sin limitaciones
más allá del bien y del mal,
y en combustión permanente,
como soles que nunca se extinguen,
consumimos nuestras ansias
como si no hubiera un mañana,
que en realidad, no lo hay.
El mañana ahora no existe,
pero cuando existir pudiere
será un presente furtivo
y pasará,
siendo un ascua sobre cenizas
rescoldo del fuego interno
que guardamos con tenacidad.

No sólo empujamos al fuego
la desdicha y la desazón,
el éxtasis del deseo
y su efecto reivindicador;
al fuego precipitamos 
los efímeros contratos
que firmamos con la concepción,
principio de nuevos finales 
sin remisión,
crepitantes 
circunstanciales
que emergen del fuego de dos
para acabar reducidos 
a la llama de una vela
que lagrimea y esboza 
sombras de humo que tiznan
los albores de un paredón.  


Daniel F. Gerhartz, 1965  Kewaskum  (Wisconsin).