domingo, 31 de marzo de 2013

Lacónico


He dejado a la tristeza
mirando al mar de la desolación
y he regresado sin pausas
y sin remordimientos.
Cabe esperar que algún día
entiendas que el canto de sirenas
es el latir de este pobre corazón.


Pintura acrílico sobre lienzo de Chucke E. Bloom, Ohio (EEUU) 1969.

martes, 26 de marzo de 2013

A quien corresponda


Existen clanes presumiendo de correctos
a los que solo les interesan
las cuatro palabras vacías
que alguien pronunció un día,
sirviéndoles de único sustento.
Con ello intentan salvar la deuda
del que les pide por dentro,
ese que todos llevamos
y ni siquiera conocemos.

Estas turbas acopladas,
impacientes criaturas,
ávidos de estructuras 
donde colgar sus desdichas
sin más percha que la que cuelga
de un armario de indigencia,
repleto de vanidades
que adornan de hipocresía,
van a la vida atados
con cables de alta resistencia.

Estos, que se creen insurrectos,
libertadores del pueblo
que se alzan y vociferan
desde la cima del vilipendio,
mediocres personajes
que envilecen a los corderos,
digo que, estos, no han de salvar al resto
con perífrasis de otros tiempos
reiteraciones de su propio ego.

Pintura de Heidi Taillefer, Canadá.




jueves, 14 de marzo de 2013

Prisión de expresión


He dejado de ser libre
desde que tú te has marchado.

Beso tu boca en mis sueños
y tu imagen se esparce
como el agua cristalina
sobre mi rostro despierto.

Soy prisionera del recuerdo
desde que tú te has marchado.

Subo escalas en mis sueños
que no me elevan a nada,
quiero bajar y no puedo,
son mecanismos trampa.

Soy recuerdo prisionero de la libertad,
ya hace algún tiempo que te marchaste.

Llevo un niño a los brazos, en mis sueños
y cuando intento salvarlo de su destino
me doy cuenta de que ya no está conmigo.

Soy prisionera de recuerdos libres,
parece que hace minutos que te fuiste.

Veo salinas doradas en mis sueños
que se funden ovaladas a mis pies
como charcos reflejando el atardecer.


Soy libre de recuerdos prisioneros;
se 
que nunca te fuiste.


El colgado, ilustración de Beatriz Martín Vidal, Valladolid (España)










Vestigios


Una oleada de vestigios naufragados
es lo que ansía esta orilla adormecida,
en su lugar adolecen los embistes
de grandes naves homicidas,
mercenarias interceptoras
de secuencias singulares
que acabaron a la deriva.

Ese mundo que ha quedado sometido

pertenece a lo profundo de la vida,
es el tesoro en un mapa legendario
que permanece oculto en la desidia.

Yo, 

navegante de estos mares,
hoy en tierra firme baldía,
amarrada involuntaria
divisando un horizonte
de olas sin bienvenidas,
entiendo que las mareas
son pretextos recurrentes
que incrementan la porfía,
alientos para las almas
que llaman a la galerna
que hará zozobrar las naves
usurpadoras de encuentros,
dejando que la corriente
nos acerque lo que es nuestro.


Acrílico de Chelin Sanjuan, Aragón (España) 1967.






lunes, 4 de marzo de 2013

Guerreros del fracaso


Existe una frontera
que los guerreros del fracaso
quisieran penetrar.

Por instantes,

una mala copia de lo que fui,
deja de vigilar
los accesos debilitados
por tu ausencia,
y arremeten con estrépito
en las salas diáfanas
del pensamiento,
golpeando las paredes
sin llegar a derribarlas.

Pero, no obstante,
el volumen del adversario
es considerable
y en ocasiones temo
que abra una brecha
en estos muros,
cargando en las alas del olvido
el propósito de mi defensa:
ser la que gravita
sin perder su órbita.

Es tan liviana la línea
que no acierto a saber
si aún sigo siendo razonable.


Pintura de Heidi Taillefer, Montreal (Canadá)


sábado, 2 de marzo de 2013

Mocedades


Éramos la mañana
despertando a oscuras,
sin más desayuno
que estos versos. 
Versos robados,
versos resbalando
por el perfil secreto
de los armarios,
cajas sonoras
que ocultaban la nada
de nuestros labios.


Éramos la tarde

tendida a la sombra,
la mano sin dueño,
la tempestad en vuelo.


Éramos la noche

que nunca tuvimos,
el mar, las aves
y las pesadillas
sin percibirlo,
inevitables torpezas
de la inmadurez;
tu circulando
por el camino,
yo tropezando
una y otra vez.


Éramos desnudos
el verde y la tierra,
la voz saliendo de su hueco
al encuentro de los ojos.

Nosotros éramos los silencios,

las miradas raudas,
las enfermedades;
nosotros fuimos por todo aquello:
el cielo bendito de nuestras bocas
bebiendo el vino del amanecer.